(Roma, 2 marzo 1876 - Castelgandolfo, 9 octubre 1958)
Llamábase Eugenio Pacelli y era de familia noble. Nuncio apostólico de 1920 a 1930 en Berlín, legado papal en el Congreso Eucarístico de Buenos Aires, Cardenal Secretario de Estado de 1930 a 1939, por lo que le correspondió intervenir activa y decisivamente en el restablecimiento de la soberanía terrenal del papado sobre el Estado Vaticano. Fue elevado al solio pontificio, como sucesor de Pío XI, el 2 de marzo de 1939. Antes de comenzar la segunda Guerra mundial exhortó a los gobernantes a la paz y durante la misma no cesó, en sus discursos, de promover el amor entre los pueblos para alejar y evitar los horrores de la guerra; defendió a los prisioneros de guerra y a las personas arrancadas de sus hogares y expatriados, y su caridad se extendió a todos los pueblos y razas humanas, incluso a los judíos refugiados; en todo momento levantó el prestigio de la Iglesia, recibió a Jefes de Estado de todo el mundo, y orientó las actividades científicas y profesionales. Poseía una extensísima cultura y conocía las principales lenguas, que hablaba perfectamente, y en sus discursos se dirigió a toda clase de gentes, países, profesiones y estados; definió en 1950 el dogma de la Asunción de María, y dio gran impulso a las misiones y al clero indígenas.
Padeció una grave enfermedad en 1954-55, pero de repuso. Su actividad volvió a ser asombrosa. Fue queridísimo del pueblo cristiano y respetado por todo el mundo.
