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(Siglo XI a. de J.C. 960)

Era hijo de Jesé, de la tribu de Judá. Durante su niñez y parte de su juventud estuvo ocupado en guardar los rebaños de su padre. Por orden del Señor, Samuel fué secretamente a Belén, y allí ungió por rey a David. Sin más armas que su honda y el cayado de pastor, David fué el único que se atrevió a luchar contra el gigante filisteo Goliat, venciéndolo. Saúl envidió su triunfo e intentó quitar la vida a David, por lo que éste tuvo que huir de la corte. Después de la muerte de Saúl en manos de los filisteos, David fué reconocido por rey de todas las tribus y con sus victorias dílató los confines del reino de Israel hasta las orillas del Éufrates, al norte, y del golfo Elanítico, al sur. Hizo a Jerusalén capital de Israel y trasladó el Arca de la Alianza a su propio palacio. Se casó con Betsabé tras haber hecho matar al esposo de ésta. El profeta Natán le echó en cara su delito y David hizo penitencia; fruto de ella fueron «Los Salmos», composiciones de carácter lírico religioso, aptas para ser acompañadas de instrumentos de cuerda, que son un maravilloso y fulgurante diálogo del Hombre con la Divinidad.