(Pella, 356 a.c - Babilonia, 21 abril 323)
Rey de Macedonia. Uno de los más grandes conquistadores de la Historia. Destaca, entre sus campañas, la conquista de Persia, antes de emprender la cual sometió Grecia y cuantos pueblos limitaban con Macedonia, para asegurar la paz de ésta. Al frente de un poderoso ejército dirigióse a Persia, conquistando a su paso el Asia Menor, Palestina, parte de Egipto (en él fundó la célebre ciudad de Alejandría) y Asiria. Derrotados los persas decisivamente en Gangamela, el 1° de octubre del 331, y muerto su rey Darío, fue reconocido Alejandro como soberano legítimo. Incorporó a sus conquistas la de Babilonia y la de las provincias orientales extremas. A fines del 327 emprendió la campaña de la India. Avanzó hacia el noroeste y conquistó hasta la parte izquierda del Indo, pero sus tropas se negaron a seguir, rendidas de fatiga y regresó a Susa. La ambición de Alejandro fue unir Europa y Asia, facilitar las comunicaciones con la India y adueñarse de los puertos árabes del Mediterráneo, pero unas fiebres que le ocasionaron la muerte derrumbaron sus proyectos.
(San Petersburgo, diciembre 1777 - Taganrog, 1° diciembre 1825)
Emperador y soberano de las Rusias. Durante su reinado, la influencia de Rusa en el resto de Europa fue máxima. A pesar del tratado de paz firmado con Francia, inquieto Alejandro I ante la ambición napoleónica, entró en coalición contra ella, en 1805. Se retiró a Rusia, después a Austerlitz, interviniendo de nuevo en la lucha, a favor de Prusia, en 1806. Abandonó a ésta, más tarde, firmando con Francia el tratado de Tilsitt, con la esperanza de compartir, con Napoleón, el dominio de Europa. Surgió la ruptura, al no respetar el emperador francés los derechos rusos, y Napoleón invadió Rusia, llegando a tomar Moscú. El pueblo ruso, no obstante, reaccionó valerosamente, obligándole a la retirada y aniquilando al ejército francés, que sufrió un terrible desastre. Alejandro I restauró a los Borbones en Francia y se opuso a la división de esta nación, después de Waterloo. Fue un gran soberano. Abolió la servidumbre en su patria, mejoró la enseñanza, protegió la industria y el comercio, y en la política exterior fue un defensor de la paz.
(Atenas, 450 a. de C. - Frigia, 404)
General y político ateniense. Destacaron en él, por un igual, virtudes y defectos y unas y otros le hicieron célebre. Estando al frente del partido demócrata, arrastró Atenas a la guerra, al tratar de aislar Esparta en el Peloponeso, y fue derrotado en Mantinea. Cuando proyectaba la conquista de Sicilia fue citado a juicio, acusado de haber mutilado, con otros compañeros de libertinaje, las columnas del Templo de Mercurio en Atenas. Entonces huyó a Esparta, a la que ofreció sus servicios, sediento de venganza. Impulsó a los espartanos a declarar la guerra a Atenas, a la que invadió, devastándola. Perdido el favor de Esparta, se refugió en el reino del sátrapa Tisafernes y desde allí pretendió combatir contra espartanos y atenienses. Reclamado por Atenas para ocupar el poder supremo, conquistó para ella Calcedonia y Bizancio, aniquiló la escuadra espartana y trató de asegurar las posesiones del mar Negro. Caído en desgracia nuevamente, al fracasar en Asia Menor, se desterró voluntariamente a un castillo de Tracia.
(Quinta del Paraíso, 1453 - 16 de diciembre 1515)
Segundo gobernador de las Indias e ilustre marino portugués. Con poderes del rey de Portugal embarcó, el 6 de abril de 1506, en una flota al mando de Tristao da Cunha. Exploraron las costas de Madagascar, después de descubrir las tres islas Tristán de Acuña. Dividida la expedición, quedóse Alburquerque con seis naves para la conquista de nuevas tierras para su patria. Se apoderó de Ormuz, centro comercial importantísimo. Nombrado gobernador de las Indias conquistó Goa, que hizo capital de las posesiones portuguesas en la India, en 1510, y así suscesivamente Malabar, Ceilán y Malaca. Enfermo de disentería, enteróse de que, por intrigas, había caído en desgracia ante el rey de Portugal, que había ordenado su destitución, cuando trataba de llegar a Goa. El disgusto provocó su muerte, llegando tarde la rectificación del rey, que reconoció su error e ingratitud para con el gran marino.