(San Ildefonso, 13 octubre 1784 - Madrid, 29 septiembre 1833)
Hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma, se vió bien pronto envuelto en las intrigas del partido de Manuel Godoy, quien deseaba excluirle de la sucesión, aunque el bando fernandista era cada vez más numeroso y quedaba robustecido en 1802 por la boda del príncipe con Maria Antonia, hija de Fernando IV rey de Napoles y Sicilia. Después de la abdicación de su padre en 1808, inicia Fernando su reinado en medio del entusiasmo de la nación, reinado al que hubo de renunciar más tarde impulsado por su propio padre Carlos IV, que atendía tan sólo a los manejos de Napoleón. Después de la guerra de la Independencia, regresó Fernando, el 13 de marzo de 1814, a una España envuelta en conspiraciones liberales, que obligaron al rey a firmar la Constitución de 1812. Careció Fernando VII de la suficiente ecuanimidad para mantener su triunfo. Al derogar la «Pragmática Sanción>>, que excluía la sucesión de las hembras al trono, dejó planteada la guerra civil como herencia de su reinado..
(382 a. de J.C. - 336)
Sucedió en el trono a su hermano Pérdicas y tuvo que luchar con otros tres hermanos para asegurarse en el poder. Combatió a los tracios, ilirios y peonios; invadió Tesalia, conquistó la península de Calcídica después de una lucha sangrienta. Por la batalla de Queronea venció a los atenienses y toda Grecia quedó bajo su poder. A últimos del 330 a. de J.C., Atenas se comprometió a que Filipo mandara los ejércitos griegos para oponerse a Jerjes, rey de Persia. Murió asesinado por Pausanias, en un banquete. Poseyó grandes dotes militares y fué el creador de la célebre falange macedónica, formada por dieciséis filas de hombres armados con lanzas larguísimas y grandes escudos. Demóstenes, orador ateniense, le odiaba por sus planes imperialistas y pronunció contra él sus famosas «Filípicas». Su reinado duró veinticuatro años y a su muerte dominaba desde la Propóntide hasta el mar Jónico. Fué padre de Alejandro Magno, que le sucedió.
(Le Pellerin, 21 marzo 1759 - Trieste, 25 diciembre 1825)
Siguió sus estudios en el Colegio de los Oratonienses en Nantes y en Paris, aunque nunca recibió órdenes mayores. Abrazó con entusiasmo los principios de la Revolución, figurando como procónsul terrorista en Lyon, donde ordenó espantosas matanzas; y. luego, en la Convención, hasta la muerte de Robespierre. Provocó el golpe de Estado de Termidor (1794). Nombrado después ministro de Policía (1799) aún en tiempo de Bonaparte. conservó este puesto hasta 1810. Fouché había ayudado antes a Napoleón a proclamarse emperador. Fué creado conde de Otranto en 1808, y presidió durante los Cien días el Gobierno provisional. Facilitó la entrada de Luis XVII en París, quien, agradecido, le nombró ministro de la Corona. Con la regencia de Luis XVIII sintió llegar el fin de su carrera política, dimitió después su puesto de ministro y aceptó el de embajador en Dresde, un puesto que lo alejaba de Francia. En 1816, durante la restauración y porque había votado la muerte de Luis XVI (en 1793), fué condenado por la Ley, como regicida, al destierro; viviendo en Praga, Linz y Trieste, donde murió. En sus <<Memorias>> se muestra como ministro intrigante y carente de escrúpulos. Estuvo afiliado a todos los regímenes y partidos, y a todos los traicionó cuando presentía que llegaba su ocaso. Estaba al corriente de cuantos complots y movimientos secretos se gestaban.
(Terracina, 3 d. de J.C. - 15 enero 69)
Emperador romano. Ya a sus veinte años llegó a pretor y se le confió el gobierno de Aquitania. Cónsul en el año 33, recibió en el 39 el mando de las legiones de Germania, imponiendo la disciplina y la justicia. Más tarde fué procónsul en África y gobernador de la España Tarraconense en el año 61, siendo ya de avanzada edad. Cuando en el año 68, Vindax le ofreció la corona rebelándose contra Nerón, dejó que se le proclamara emperador, hasta que, a la muerte de aquél, logró dar a su usurpación la consagración de la legalidad. Tan sólo siete meses duró su reinado, que parecía haber empezado bajo los mejores auspicios; pero tampoco Galba supo sustraerse a la crueldad, ni prevenir las conspiraciones, cayendo victima de la rebelión de sus soldados.
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